Crítica de WhereToEatNow
Hay comidas que se anuncian en el momento en que aterrizan, y en la Cervejaria Ramiro ese momento son las gambas gigantes llegando en una bandeja de acero abollada, con las cáscaras brillando bajo los fluorescentes. Este sitio llena desde 1956, y el placer no está en la nostalgia: está en la eficiencia despiadada y sin sentimentalismo de una cocina que sabe exactamente lo que hace y no se para ni un segundo a pensarlo.
Ten una estrategia antes de sentarte. Abre con las almejas a la bulhão pato, todo ajo, cilantro y aceite de oliva, pasa después a esas gambas y luego pide lo que mejor pinta tenga en la vitrina de la entrada; el equipo te guiará si le dejas. Y hagas lo que hagas, no te saltes el final: el prego, un bocadillo de carne con ajo que no tiene ningún derecho a estar tan bueno dentro de una marisquería y que, sin embargo, acaba siendo de lo que hablas de camino a casa. Una Super Bock helada de barril es la única bebida correcta.
La cola no es un mito. Si tu horario lo permite, preséntate a mediodía entre semana y quizá te cueles antes del aluvión. El sistema de depósito significa que te comprometes antes de sentarte: aquí no se anda con tonterías, y la sala vive de la rotación, no de la sobremesa. Cuenta con algo de caos, mucho ruido y cáscaras por todas partes.
Presupuesta entre cuarenta y sesenta euros por persona y tómatelo como el capricho que es. Pagarás más que en una tasca de barrio, pero también entenderás, para cuando llegue el prego, por qué Ramiro es un auténtico rito de paso lisboeta y no simplemente otra marisquería con una cola larga en la puerta.